Por María Monserrat Escudero y Dolores Modern

Los derechos humanos en contexto

Este año, conmemorar el Día de los Derechos Humanos resulta crítico. 

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El marco de los Derechos Humanos ha guiado a gobiernos, políticos y sociedades en general durante décadas, consagrando el valor de la vida humana, la dignidad y la compasión más allá de las fronteras. Resulta alarmante que este consenso se vea ahora cuestionado a nivel mundial. En el Reino Unido, esto se ve claramente en el compromiso de algunos miembros del Parlamento de derogar la Ley de Derechos Humanos y abandonar el Convenio Europeo de Derechos Humanos. Pero no es necesario llegar tan lejos para poner en peligro nuestros Derechos Humanos. Al demonizar la inmigración, este gobierno está alimentando el discurso que cuestiona si todos merecemos los mismos derechos.

Los Derechos Humanos están interrelacionados y, lo que es más importante, son inherentes a todos los seres humanos. Al privar a ciertos grupos de personas de sus derechos fundamentales, les estamos despojando de su humanidad. En el contexto de los 16 días de activismo, en los que el foco está puesto en la importancia de erradicar la violencia contra las mujeres y las niñas, la interconexión de los Derechos Humanos cobra protagonismo. 

El efecto deshumanizador del entorno hostil hacia la inmigración

No se puede exagerar la crueldad del entorno hostil en el que vivimos actualmente las personas migrantes, solicitantes de asilo y refugiadas. Nuestras comunidades han visto aumentar progresivamente su vulnerabilidad durante años. Y cuando pensábamos que las cosas no podían empeorar mucho más, un gobierno en el que muchos habíamos depositado nuestras esperanzas se volvió contra nosotros.

Los migrantes se han convertido en el chivo expiatorio de todo tipo de fallas del Estado. Se nos culpa de la crisis de la vivienda, de la austeridad que afecta a la clase trabajadora, de la caída de los salarios y del empeoramiento de las condiciones laborales. No hay pruebas que demuestren que la migración haya causado ninguno de estos problemas, ni que reducirla podría solucionarlos. Sin embargo, la idea de que los/as migrantes, solicitantes de asilo y refugiados/as están empobreciendo al Reino Unido al quitarles recursos a los ciudadanos británicos se difunde en los medios de comunicación, en los debates parlamentarios y hasta en los hogares. 

El objetivo de estas narrativas no es solucionar las causas reales de los problemas a los que se enfrenta el Reino Unido. Son utilizados y explotados para crear división, encubrir fallas estatales y obtener apoyo político en un contexto de crisis y preocupación. Estas narrativas y las políticas que derivan de ellas son también una prolongación del proyecto colonial, que se benefició de la explotación y la extracción de comunidades racializadas. Ahora vemos cómo esto ocurre dentro de las fronteras del Reino Unido al permitir la deshumanización de seres humanos que han hecho de este país su hogar, aunque sea de forma temporal. 

El impacto real de la deshumanización de los migrantes 

El deterioro del marco de derechos humanos y los discursos que lo propician nos afectan a todos. Una madre puede tener miedo de hablar con su hijo en su propio idioma en público. Una niña puede sufrir acoso en la escuela. Un trabajador puede temer denunciar a su empleador por abusar de sus derechos. Una estudiante puede decidir no continuar sus estudios en el Reino Unido por miedo a la violencia. Esto crea una sociedad fragmentada, en la que el miedo se infiltra en las comunidades y erosiona la confianza y la solidaridad que nos mantienen unidos. También abre la puerta a una mayor restricción de los derechos para todos. 

Para las personas más vulnerables, incluidas las mujeres con las que trabajamos, que son sobrevivientes de la violencia de género, la trata y la explotación, este contexto hace aún más difícil acceder a apoyo, justicia y reparación. Estas mujeres, que a menudo se enfrentan a problemas interseccionales relacionados con el racismo estructural y la discriminación de clase, están siendo sistemáticamente abandonadas por este gobierno en múltiples frentes. Son precisamente las personas a las que el gobierno dice querer proteger. 

Los derechos de los migrantes y los derechos de las mujeres son Derechos Humanos.

No hay seres humanos menos merecedores de una vida digna. La violencia contra las mujeres y las niñas no se erradicará si, como sociedad, marginamos a las mujeres que, debido a su condición de inmigrantes, son objeto de violencia y discriminación institucionales. La idea de «ganarse» los derechos humanos, por ejemplo, mediante condiciones cada vez más complejas para la residencia permanente, va en contra de los compromisos que este país ha asumido para abandonar el proyecto colonial y convertirse en un firme defensor del avance de todos los pueblos. 

En este contexto, las comunidades y redes de solidaridad están asumiendo el papel del Estado y protegiendo a los más vulnerables. Sin embargo, las organizaciones y comunidades no pueden revertir las consecuencias de estas restricciones por sí solas. 

Pero nos negamos a perder la esperanza. En tiempos de crisis, la humanidad ha salido adelante fortaleciendo los lazos comunitarios, y ayudándose mutuamente. El Reino Unido fue en su día una voz destacada en la adopción de los derechos humanos a nivel mundial, siendo la primera nación en ratificar el Convenio Europeo de Derechos Humanos. Necesitamos un gobierno que pueda retomar este mandato, que no esté cegado por los beneficios políticos a corto plazo, y que esté a la altura de los retos a los que se enfrenta nuestra época. 

Todos merecemos vivir con dignidad. Un sistema migratorio justo que ofrezca protección real e igualitaria a todos es la única forma de garantizar los derechos humanos.